Su primera novela, El juguete rabioso, inauguró un modo de narrar que puso en escena al antihéroe moderno, atrapado entre la ambición y el derrumbe. Arlt no buscó consuelo ni elegancia: expuso la miseria moral y material sin anestesia. Su influencia se dejó sentir mucho después, cuando quedó claro que había visto antes y más hondo. Incómodo, irregular y brutalmente honesto. Por eso sigue vivo.
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