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La visita del inspector (in Spanish)
J. B. Priestley (Author) · Ediciones Vicens Vives, S.A. · Paperback
2 reviewsTodo correcto, en tiempo y producto. El libro perfecto, buen embalaje y el tiempo de entrega el indicado. Un 10 gracias
En este drama de1946, John B. Priestley (Bradford, Reino Unido, 1894-1984) narra la historia de la sorpresiva e inesperada visita de un tal inspector Goole a la casa del acaudalado empresario Arthur Birling, cuya familia se ha reunido esa noche a cenar y a celebrar el compromiso nupcial de su hija Sheila con Gerald Croft, un prometedor y apuesto joven de la alta sociedad. La razón de la visita, les explica el inspector, es la investigación que lleva a cabo para aclarar el suicidio de una humilde joven trabajadora de nombre Eva Smith, quien llevó a cabo su desesperado acto bebiendo desinfectante. La trama parte con una etapa en la que abunda la perplejidad: ninguno de los miembros de la familia entiende qué tienen que ver con el horroroso destino de una chica a la que no conocían. Luego, lenta, pero inexorablemente, se va revelando que cada uno de ellos la trató directamente, aunque con distintos nombres y sin suponer que los demás también lo hacían en sus esferas particulares. Sheila, la hija, arbitrariamente hizo que la despidieran de los grandes almacenes de propiedad de su padre; Gerald fue su amante desconsiderado; la señora Birling le negó su ayuda en un momento crítico; y, se sabe al final, Eva murió llevando en su vientre a un hijo de Eric, el otro hijo Birling. Finalmente, una vez que el inspector se ha retirado, se vuelve a instalar entre ellos la desconfianza y, tras averiguar, descubren que no existe ni la chica muerta ni el inspector. El alivio ilusorio les dura poco, pues la obra concluye con el sorpresivo nuevo anuncio de que viene en camino un inspector, y reinstala en el aire la perplejidad de los Birling ante la pérdida de su control para esconder o distorsionar la verdad de sus abusos. La obra sirve de referente para analizar cómo la dinámica de la negación favoreció que se acumulase tanta tensión al interior de la sociedad chilena, especialmente la que han exhibido sus representantes históricamente más favorecidos respecto de la responsabilidad de sus actos, discursivos o materiales, concertados o no. Basta con seleccionar un fenómeno que tiene carácter estructural, casi fundacional de la sociedad que acaba de explotar: la segregación, en cualquiera de sus variantes. La distribución territorial urbana es (obviamente) resultado de políticas, esto es, de complejos y sistemáticos actos materiales y discursivos que reflejan decisiones conscientes y sistemáticas. Los barrios dibujan un mapa de la segregación, pero se explican como si su distribución fuese resultado de la mera interacción de la oferta y la demanda o expresión de la meritocracia. Con la distribución de los puntajes de las pruebas de acceso universitario pasa lo mismo. Las personas se cuentan un cuento sobre por qué cada uno está donde está, pero no se incluyen a sí mismas en el algoritmo, y así evitan ponerse coloradas. La segregación es lo que termina ocurriendo cuando quienes tienen posiciones de privilegio niegan que todo lo que hacen es mantenerse lejos de quienes no las tienen, para asistir a las alegres cenas de gentes como los Birling. La violencia del estallido, la claridad de los mensajes, la multitudinaria adhesión que interpela a los Birlings, así como la omnipresencia de los testigos que reportan desde las calles, han traído a nuestras casas (escribo “nuestras” porque no puedo separarme del grupo que califiqué de privilegiados) al inspector Goole para enfrentar la responsabilidad que todos tenemos en la segregación, a que dejemos de llamarla mérito o demérito y la refiramos como lo que realmente es, una sistemática denigración del pueblo chileno cuya negación es tanto o más violenta. A diferencia de Eva Smith, las mujeres y hombres chilenos que han padecido esta injusta segregación no beberán el desinfectante.
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