La compañía José Estruch ha recuperado el texto de un autor un tanto olvidado, como es Antonio Hurtado de Mendoza, que es con toda probabilidad una reelaboración del que escribió este autor con Francisco de Quevedo en 1631.Una trama sencilla que se va complicando poco a poco según avanza la obra y los dos mentirosos van cambiando de papeles para ajustarse a las circunstancias, y un final tópico que, sin embargo, no incurre en el moralismo que se podría esperar de un autor decoroso, tan decoroso como Antonio Hurtado de Mendoza. Pilar Muñoz, La tribuna Parece un acierto aquello de adaptar al siglo XXI la problemática barroca de las apariencias como forma de vida, más de moda que nunca en esta sociedad de famoseo monetario indiscriminado. [...] La escena se convierte en una trama de falsas apariencias por parte de todos los implicados. Quien más quien menos se arrima a la personalidad del famoso de turno o directamente la suplanta para medrar socialmente. Jorge Ureña, Lanza
Francisco de Quevedo nació el 17 de septiembre de 1580, en Madrid. Era miope, cojo y algo cargado de espaldas, lo que lo convirtieron en una persona de carácter tímido, violento y amargado. Estudió Humanidades en Alcalá de Henares y Teología en Valladolid. En esta ciudad adquirió una sólida formación, escribió sus primeros poemas y empezó su enconada rivalidad con Góngora. En 1606 se trasladó de nuevo a Madrid. De 1613 a 1619 se dedicó a la vida política y marchó a Italia como consejero y secretario del duque de Osuna. Volvió de nuevo a la Corte en 1623, y en 1639 fue condenado a 4 años de prisión por ciertas actividades políticas internacionales. A mediados de 1644 se trasladó a la Torre de Juan Abad, y de allí pasó, enfermo, al pueblo vecino de Villanueva de los Infantes, donde murió el 8 de septiembre de 1645. Hombre de vida turbulenta y atormentada, la figura de Quevedo representa al hombre barroco por excelencia. El sentimiento pesimista y desengañado que brota de sus obras es una muestra de su visión del mundo. Su alma sensible, su cultura y su inteligencia hicieron de él un escritor crítico y satírico, que, además, expresó como nadie la angustia existencial del hombre barroco asediado por el paso del tiempo y por la eterna presencia de la muerte.