Set at the beginning of the nineteenth century, before the ideal of industrious modern man, when idleness was still looked upon by Russia's serf-owning rural gentry as a plausible and worthy goal, there was Oblomov. Indolent, inattentive, incurious, given to daydreaming and procrastination--indeed, given to any excuse to remain horizontal--Oblomov is hardly the stuff of heroes. Yet, he is impossible not to admire. He is forgiven for his weakness and beloved for his shining soul. Ivan Goncharov's masterpiece is not just ingenious social satire, but also a sharp criticism of nineteenth-century Russian society.Translator Marian Schwartz breathes new life into Goncharov's voice in this first translation from the generally recognized definitive edition of the Russian original, and the first as well to attempt to replicate in English Goncharov's wry humor and all-embracing humanity, chosen by Slate as one of the Best Books of 2008.
Hijo de un próspero comerciante de granos de Simbirsk, una pequeña ciudad del Volga, «un completo panorama –según el propio autor– de soñolencia e inactividad», nació en 1812. Huérfano de padre a los siete años, y ocupada la madre por entero en el negocio familiar, ingresó en un internado donde estudiaban los hijos de la nobleza. Después lo enviaron a Moscú a la Escuela de Comercio y a la facultad de Filología. Con el tiempo se establecería en Petersburgo como funcionario del Ministerio de Hacienda, y allí empezaría a escribir. Publicó su primera novela, Una historia corriente, en 1844, y cinco años después un célebre episodio de la segunda, «El sueño de Oblómov», en la prestigiosa Revista Contemporánea. En 1852 acompañó a un vicealmirante en un viaje en fragata alrededor del mundo, que describiría en Fragata Pallada (1858). En 1859 publicaría por fin Oblómov, con la que adquirió fama e influencia en toda Rusia. Su última obra, El precipicio, aparecería en 1869. Goncharov empezó a manifestar los primeros síntomas de enfermedad mental ya en la época de la publicación de Oblómov, y pasaría los últimos años de su vida encerrado en su piso de Petersburgo. En 1860 acusó a Turguénev de robarle argumentos, y más tarde de capitanear una conspiración contra él. Esta idea le persiguió hasta su muerte, en 1891. No había vuelto a escribir ni una línea en veintidós años.