A comienzos de enero de 1956, Adorno anotó dos reflexiones sobre los sueños que demuestran el especial interés que tenía al respecto: «Ciertas experiencias oníricas me permiten suponer que el individuo vive su propia muerte como catástrofe cósmica». Y: «Nuestros sueños no sólo están vinculados entre sí en cuanto “nuestros”, sino que forman también un continuo, pertenecen a un mundo unitario, lo mismo, por ejemplo, que todos los relatos de Kafka transcurren en “lo mismo”. Pero cuanto más estrechamente conectados entre sí están los sueños o se repiten, tanto más grande es el peligro de que ya no podamos distinguirlos de la realidad». El reconocimiento de la importancia de la conexión motívica de sus sueños le sugirió la idea de escoger algunos de ellos para su publicación. Esta selección no apareció en vida de Adorno, y Rolf Tiedemann la incorporó al vigésimo volumen de las Obras completas. No obstante, a la gran cantidad de sueños conservados en cuadernos de notas hay que unir los recogidos en un fajo transcrito por Gretel con fidelidad de diplomático. El presente volumen viene, pues, a completar los sueños publicados con las transcripciones conservadas en soporte mecanográfico.
Francisco de Quevedo nació el 17 de septiembre de 1580, en Madrid. Era miope, cojo y algo cargado de espaldas, lo que lo convirtieron en una persona de carácter tímido, violento y amargado. Estudió Humanidades en Alcalá de Henares y Teología en Valladolid. En esta ciudad adquirió una sólida formación, escribió sus primeros poemas y empezó su enconada rivalidad con Góngora. En 1606 se trasladó de nuevo a Madrid. De 1613 a 1619 se dedicó a la vida política y marchó a Italia como consejero y secretario del duque de Osuna. Volvió de nuevo a la Corte en 1623, y en 1639 fue condenado a 4 años de prisión por ciertas actividades políticas internacionales. A mediados de 1644 se trasladó a la Torre de Juan Abad, y de allí pasó, enfermo, al pueblo vecino de Villanueva de los Infantes, donde murió el 8 de septiembre de 1645. Hombre de vida turbulenta y atormentada, la figura de Quevedo representa al hombre barroco por excelencia. El sentimiento pesimista y desengañado que brota de sus obras es una muestra de su visión del mundo. Su alma sensible, su cultura y su inteligencia hicieron de él un escritor crítico y satírico, que, además, expresó como nadie la angustia existencial del hombre barroco asediado por el paso del tiempo y por la eterna presencia de la muerte.